El paseo internacional del perversoαποκατάστασηςCULTURA Y HELENISMO

El paseo internacional del perverso

Cuento de Héctor Libertella

Premio "Juan Rulfo" 1986.

Código HTML y CSS © Henzo Lafuente

a la memoria de Osvaldo Lamborghini

"Se mantiene en un frasco de perfume vacío y sellado suficiente sperma viri al más alto calor de un vientre de Caballo durante 35 años, o tanto tiempo como sea necesario para que comience a vivir y a moverse; lo que es fácil de constatar. Al término de ese período se volverá parecido a un hombre, pero no obstante traslúcido y sin consistencia. En seguida, si cada día, secretamente, es nutrido con sangre humana, y si se lo mantiene durante otros 35 años al calor siempre igual de un vientre de Caballo, se vuelve un verdadero niño, posee todos los miembros de un hijo de varón pero es cien veces más pequeño de talla."

El Pseudo-Aureolus Theophrastus
Receta, 1526.

Cualquiera sea su destino de botella perdido, un barque a pico o que sacudido por el aguardiente siempre puede llegar aquí. Porque Argentina es un país retorcido que da por atrás y adelante con su pecho, rodillas y espalda mirando de frente al océano Atlántico, y atado de manos y pies a lo que sólo viene por lado. Así pues todo él depende del mar y, por lo tanto, de su puerto natural más grande: el puerto de Ingeniero White. Con sus enormes cantinas y su bar que, noche y día, está lleno de marineros a pique de una buena botella.

Dibujo de caballo

* * *

Bien. Debido quizá al tránsito y ajetreos de la carga y descarga en los muelles, el agua fue buscando su pequeña cama para tener descanso. De tal forma que enclavado entre los escombros del dock, y recogiendo sus basuras, se habrá formado este rincón de playa artificial.

Al fondo de esa dársena de mala vida aparece, sobre el paño de arena, un cobertizo apretado y hundido entre los alambiques imponentes del complejo hidroeléctrico y los silos llenos de trigo y el maíz que algún barco se llevará a Europa. Y adentro de ese cajón, por último, vivo yo, cubriendo con todo mi cuerpo los embates de entrada y salida al mar, como si justamente papá hubiera elegido ese embudo para convertirme en el Primer Embajador de Argentina en los Umbrales del Mundo. El le dice a su papá: a este chico tenemos que sacarlo bueno para el Servicio Diplomático. Y yo, diploma bajo el brazo, sí les voy a retribuir con todo un sistema de las relaciones exteriores.

* * *

Aquí está el chico de aquel entonces, lejano, adentro de ese cobertizo de madera lleno de resacas y suciedad. El come y come, ajeno a todo. Está sentado a su mesa y es un ángel en medio de los escombros: plato de porcelana chino, cubiertos de plata herencia del abuelo, vaso de cristal, servilleta de lino y seda que casi ni rozan los dedos. Todo parece bien aprendido: columna vertebral recta, sin descansar en el respaldo; cuchara en su punto de equilibrio; leve inclinación al frente cuando alza el vaso pica 1 (un) elemento por vez: legumbres, arroz, carne. El come y come. Y mientras come observa a través del vidrio ese paisaje que acabo de describir como si yo estuviera observándolo desde hace 70 años.

¿Y qué me dice somos la rabia GarabatosBürre*&gn%(s/pEr? Lo veo todos los días al despertarme: está dibujado en ladrillo o tiza sobre el óxido de un bote que alguien abandonó hace siglos.

A izquierda y a derecha, bordeando este cobertizo que me preparó El Arquitecto de mi Vida, sale un callejón miserable que se desvía de aquí y tuerce recto hacia el pueblo. Los vecinos lo llaman "El paseo internacional". Cabalgando cabalgando por ese pasadizo llegáis por fin a los amplios recintos del Anfiteatro Universitario, allí donde en pocos segundos habrá "colación". Sucede que al cabo de un tiempo así me lo empezó a exigir Abuelo: quiero que termines tu carrera, Muchacho.

Y bueno, ahí estoy montado sobre él y llegando al medio del proscenio. Y es nada menos que El Rector quien avanza peligrosamente hacia mí, entresaca un cofre de su chaleco y lo que me entrega es este Diploma enrollado. Este cartón que, de tanto doblarlo y desdoblarlo en el maletín, hoy apenas si tiene en algunas partes:

Por cuanto: Don nacido elha terminado el día los estudios correspondientes a, por lo tanto: El Rector dele expide el presente diploma de Doctor en

Hecho un tubo bajo el brazo, con este pergamino el joven egresado rodará durante 35 años por los laboratorios del mundo.

Pero ahora estamos en el proscenio y no sé qué hacer. Por un extremo de ese tubo de cartón meto entonces el ojo de mis días jóvenes y ahí, en fila 5, focalizo a los míos que están aplaudiéndome a rabiar: Ezio cumplió. Ah, ¿así que él debía cumplir? Pues bien, al día siguiente me voy y los dejo a todos saludándome infelices con sus pañuelos blancos. Hago mi maletín raído y salgo por "El paseo Internacional", en uno cualquiera de varios vehículos.

2 días después voy a aterrizar en avión con mi primer contrato: Cargo Académico en un establo de lujo llamado The City University off-off New York.

Pero, ay, por qué seguiré aferrado a este lugar. Yo, triste de mí, yo que pude haber habitado tantísimos palacios. Del viejo millonario que no llegué a ser me sobrevive apenas esto: un cuerpo anónimo sobre su reposera, en un inestable techo o terraza de madera, tomando el 2° trago de hoy -12° de ginebra puestos en el coeficiente ideal del mediodía- y desalojando con sus ventosidades el poco espacio respirable esta choza. Casi 70 años después, siento en él, mi mismo modo de mirarlo a través de un vidrio.

Anoche acaban de festejarme el regreso a casa: el regreso del Embajador que no fui, y todavía quedan restos de ese "party". Al medio del techo hay 5 sillones de terraza que rodean un mesón repleto de bebidas, frascos vacíos, vasos arracimados; y, bajo el toldo de raso, un asador tapado de cenizas y escombros. El piso, dije, es de madera, pero está pulido; como mármol con manchas de borravino: un Gran Recipiente tipo Fond de Cave. Y en los rincones todavía se ven pequeños montones de viruta y aserrín. Afuera hay 3 chimeneas metálicas, 3 alambiques gigantes y atacados de hidrólisis y corrosión, y cantidades de esqueletos tirados por doquier.

Ahora subo por el cuello de este corredor embotellado. Lleno de archivos repletos de papeles y garabatos, atravieso el Salón de Pasos Perdidos a través del Salón de Armas y, desemboco por este largo pasillo que se parece a un tobogán —o "resbaladilla"—, caigo por fin en el colchón de mi infancia.

Allí doy con un sueño que paso a contároslo en un instante. Sí parece un instante y es como un enigma: mi nieto me está consolando porque yo no quiero que papá y abuelo me encierren en mi cuna. Salvo que mi cuna es algo con forma de galeón antiguo, y está navegando hacia el cementerio. Vamos balanceándonos adentro de ese féretro tan grande para mí pero muy chiquito para ellos. Entonces lloro, lloro tanto que me meten un biberón, para taparme el garguero; hasta que al fin tiro ese frasco al mar y ahí mismo me despierto, mojado de miedo. ¿Qué soy allí: el padre de un hijo que consuela a su abuelo? ¿El nieto que recibe un biberón de su padre? ¿El ahogado de todos?

Todos, en fin, y todos los hechos se dan en un instante. Y sin embargo hay 70 años de diferencia entre este viejo ajustado y el bebé que regresa y presenta en esta historia, recordándose, despreocupado, con el 3er vaso del día entre los dedos. Es un vértigo o no sé verdaderamente qué es como: como presenciar mi vida en un largometraje, salvo que un fotograma loco nos achica los tiempos y me superpone con ellos; nos hace uno. Qué estúpidos.

"El rostro que estás mirando es tu rostro", o algo así. Ahora esos ojos de terror del niño vuelven a ser los del anciano que viene cabalgando por este maldito "Paseo", mientras tararea un tango de ocasión:

Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle.

Y nuevamente:

Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle.

* * *

Pero cómo, cómo se llamaba, por Dios, aquel mezcal con gusano. Un día me lo trajo de México, y ahora no sé si estoy en el Bar Unión de Ingeniero White o en un bodegón del puerto de Veracruz, que tanto se parece a este pueblito de mala muerte. Ya he vaciado la botella hasta el final, y al fondo de su vientre sólo queda el gusano: mide apenas 1 cm. Parece como deshecho y hundido en su propia borra. Entonces él me observa a través del vidrio, con sus pequeños ojos asustados, y yo me quedo mudo observándolo. Y en esa sobreimpresión nos quedamos mudos: los 2.

* * *

Cabalgando cabalgando hacia New York hago escala, de pronto, en un Laboratorio Perfecto; pongo pie en Las Vegas y aterrizo para siempre en un callejón de al lado con todo tipo de científicos o "especuladores" rumanos, polacos, chinos, tejanos: The Black Jack Hotel. ☆☆☆☆☆

Un apostadero internacional. Y caigo bien allí, ¡y más que bien!, porque enseguida busco y encuentro por fin a mi tragamonedas: a esta pareja que ca, parece jaqueca; esta pareja que me calme un poco: mi malestar y jaqueca.

Y nos damos un hermoso trato: yo le siento sus latidos de aparato noble, le conozco sus deseos mecánicos, soy paciente y lo alimento con 20 tiros de a níquel. Simple, pero triplico mi amor por él cuando está por parir, ¡y se da! Para no perder el tiempo, pego entonces mi mano izquierda a su busto y con mi mano derecha automatizo cada vez más y más posturas. Hago así: un hilo de níqueles en mi antebrazo y los voy deslizando por su boca, uno a uno por su ranura. Entonces él me devuelve montañas de premios hasta que termino perdiendo memoria de lo que recibo y dándole besos y más besos: feliz de haber confirmado el antiguo "método de Pascal".

Ese es el objetivo de un verdadero cargo académico: buscar la "estabilidad". Estar 35 años en un mismo estado: un Caballo en su establo. Números, sílabas; Cifra. Durante ese tiempo habrá que administrar todo lo mejor posible. " ". Sintácticamente.

Cada mañana, cuando voy al baño, los neones de un póker electrónico se obturan ahora sí y ahora no, como pujos de un vientre que busca sacar ases. En los desayunos, en lugar de servilleta el mozo me desliza bajo el vaso de cerveza un billete de bingo: con él me limpio los labios abiertos de ambición, y no puedo probar bocado. Al mediodía, en los restaurantes, no me importa saber qué comeré. Mis ojos se quedan fijos en el menú al pizarrón automático de sorteos que siempre empieza a jugar en el plato de entrada y que dura hasta los postres. Así 30 veces 12 meses.

Dibujo de barco

Ahora vengo, todos los días, de alimentar a este nieto querido de mi propia sangre. Ya jugamos juntos y yo vuelvo y vuelvo por este "Paseo", y en mi jadeo se siente el cansancio de tantos años de distancia con él. Nuevamente, estos pasos tambaleantes, de anémico, parecen los de aquel bebé muy viejo que un día se nos fue de casa.

* * *

Y ya descorro el cortinado para que ahí afuera aparezca, oh dioses del cielo, el único espectáculo impresionante que he visto desde que me hicieron nacer: un espacio de playa en miniatura a 10 metros de un muelle abandonado. Un sector de inmundicias debajo de 3 aparatos metálicos que destilan humo y polución. Y restos de algas y pescados marinos, un bote abandonado y decenas de frascos vacíos que alguien arrojó al descuido. En fin, un rincón perdido en el puerto más perdido del mundo: Ingeniero White.

Todo sigue congelado y en orden. Yo como, y cómo, cumpliendo órdenes del maestro de Urbanidad y Cortesía, que me puso Abuelo (porque aquí cada cual colabora a su modo para masacrar a un niño). Todo en orden: papá salió de "misión"; está en algún lugar del mundo. Papá, Papá sagrado: no soy quién para nombrarlo. Y además él no aparece por ningún lado. Así estoy solo, pues, en este enorme palacio rodeado de jardineros, mucamos y choferes que entran y salen haciendo permanentes cambios.

Es decir, estamos solos con Ezio, el buen Ezio Baleani: ojos caídos de caballo etrusco, enormes "cascos" que le cubren los pies (los pies llagados de tanto ir y venir de los lados a la vez) y el estilo sobrio de los artesanos de raza.

Y bien, todos, todos los días el buen Ezio sale de su casucha, avanza con trote lento por el "Paseo" y viene a darle el alimento a su nieto. Escucho que papá le dice: vos hijo te vas a pudrir en ese cajón cerrado. ¿Por qué no te venís con nosotros? Pero ahora, con los restos de madera de su cajón, el pobre abuelo me construye un juguete de regalo: para consolarme. Es un refugio hecho a mi tamaño. Veamos: él empieza reproduciendo en escala reducida el baño, después, como el relojero, prolonga por varillas el pasillo hasta dar con el patio. Y después de no sé cuánto tiempo ya ha desarrollado todo un modelo de mansión, con tanto juego de rampas, terrazas y pasadizos que para abarcarlo de un vistazo debemos montarlo por fin en el Salón de Armas de papá, y desde allí adentro los organizamos como recién nacidos nuestra vida doméstica. Me dice: mire, Muchacho, con este dado de madera se lo voy a representar un Estudio. Ahí adentro deberá escribir el libro que le encargó papá. Y se lo voy a hacer bien separado de todo, para defender su tiempo libre de él. ¡De ese imbécil nuevo rico hijo de puta de mi hijo!

En fin, así como dado, así al azar caigo y recaigo en ese cajón de madera que construyó con sus propias manos Ezio Baleani, mi querido Ezio. Arquitecto de mi Vida. Y es evidente que en este juego también lo vuelvo a perder todo: hace 35 años que por aquí ya no circulan jardineros, mucamos ni choferes.

* * *

Bueno, un día regreso por fin, vía Londres-Buenos Aires. Debo asistir al tremendo festejo que me tienen preparado: el Embajador que no fui. Y en un alto en Lisboa me encuentro con quién: nada menos que con papá, que está huyendo despavorido hacia todos lados.

Estoy sentado por un rato en el bar del puerto de ese pueblito de mal pasar, que tanto se parece a mi fondeadero de Ing. White, y de pronto lo veo como abrazado a columnas. Los 2 nos habremos dado energía con algunos mililitros de aguardiente, que para cada uno representó 28° de ingestión en la sangre, o no sé qué. Pero somos de la misma sangre, y en ese mismo nos reconocemos. Entonces él alza su neceser como puede, viene tropezando, me da un abrazo y, ¡si lo sabré por experiencia!, me cuenta de inmediato aquel sueño del hijo que es nieto, padre y abuelo a la vez. Algo debo responderle:

—Pero papá, ¿no te das cuenta? Ese, ése es el tiempo exacto del inconsciente. ¡Sería el relato familiar más perfecto del mundo!

Entonces él alza su vaso, como "brindándome" el favor de mi vida:

—Escribilo. Aunque te lleve 30 años. Aquí alguien debe ser nuestro cronista familiar. Y además, nene, ¡yo te enseñé a "lectoescribir"!

En fin, que este escritor ya tiene su encargo. Y que sea en Moscú, en Amsterdam o en Singapur, cada cual sigue recibiendo mandatos de no se sabe dónde y cada quien los cumple hacia cualquier lado que vaya. Entonces nos despedimos, quedándonos a mano con un apretón, mientras él sigue hacia aquí o allá y yo, allí, definitivamente para acá.

Dibujo de animales

Y no sé cómo entra el bucanero en esta historia. Veamos, pues: de París sigo hasta Londres, donde un galeón sueco me espera para cruzar el Atlántico. Entonces corro desganado al borde del mar y miro con mis propios ojos, por último día desde este lado de mi vida, lo que más me aterra en el mundo: el temible océano, boca de lobo de viejos lobos de mar. El lado de atrás del espíritu de mi raza y el culo del mundo civilizado. Allá, del otro lado del agua, me espera América. Imagino el sepulcro que mereció Magallanes por haber cruzado este charco.

Estoy mudo en mi contemplación: son los mismos ojos de terror del inmigrante que zarpa con sus bártulos; el mismo mirar perdido del artesano que, tres meses después, pone pie en este muelle; el mismo rigor matemático del que saca un metro del bolsillo, hace cuentas, y allí mismo decide construir un pesebre de lujo para que puedan nacer todos los suyos.Estrellas

Mientras tanto, sigo mirando a través de la ventana de vidrio de este hotel que ningún tifón pudo llevarse. ¿Cómo, cómo se llama, por Dios, aquel barco? B, G, RR. Y porque ya estoy muy cerca, me vuelve entonces el estado de jaqueca del que va a los tumbos en el fondo de un galeón, mientras arriba, en 1ª clase, noche a noche hay un festejo; comendadores, obispos, hidalgos de buen golpe de fortuna. Casi siglos después, me parece ver a uno de los míos entre todos ellos. Está vestido de smoking y baila con un marinero; aunque ese marinero se me desvanece un poco; está muy borracho. Y yo pienso, ¿quién, si hace memoria, no ha tenido alguna vez entre sus brazos a papá, y de pronto él se evapora como perfume?

Mientras mi hijo baila, en su mano también baila un vaso de champán que derrama por todos lados. De pronto me ve, me ofrece un brindis y desde tan, tan lejos escucho que me grita: viejo atorrante, caray, ¡qué belle époque fue la tuya!

* * *

Oh Ezio, querido "Caballo"; Ezio Baleani: Arquitecto de mi Vida. Muchísimo tiempo sin verte. Llueve sobre el puerto mientras tanto mi canción llueve lentamente sobre tu desolación.

A los 70 años, el viejo que pude haber sido me espera con su 10° vaso de whisky del día, mientras desde su reposera observa estos alambiques enormes que destilan humo sobre un mar de petróleo, y murmura un tango de ocasión —desafinándolo mucho—.

Qué curioso, tiene en sus ojos el mismo rigor matemático de este joven que durante no sé cuánto tiempo paladea 3 botellas de 3/4 litros de vino, cada cual de 11°, los 3 días por semana que debo salir a algún "festejo" (?). Entonces le viene el furor de cocinar pastas con un tuco bien picante, para hacerse harakiri del estómago. Un rito que cumple con guantes blancos, como un suicida profesional. Ahora es, apenas, un tremendo vómito de tomate en medio de este blanco laboratorio donde yo le di su vida. Escucho que me está gritando: ayúdame, papá. Se me reventó algo en el vientre. Viejo, Muchacho, caray; viejo ulceroso al tuco lo bautizó "Salsa Samurai".

Durante 7.200 tardes de este siglo de hacer garabatos a ciegas, lo veo combinar en su cuerpo 5 tragos diarios, que le insumen 3/4 de frasco semanal de mis perfumes de 49°; de esos que guardo en el toilette para ciertas ocasiones. Cifra que verifico ya mismo al instante, porque todos los sábados él arroja distraídamente su frasco vacío sobre esta playita. Y mientras me acerco a casa puedo contar, desde lejos, 32 envases que se corresponden con 32 semanas exactas desde su último regreso. Qué cosa: son distintos tipos de perfume argentino barato, y sin embargo todos dicen, abajo, lo mismo: París-Londres-New York-Buenos Aires. Cuando yo no estaba él se fue a cumplir su proyecto en un importante Laboratorio de los Estados Unidos. Pero, ah, Muchacho: tuvo que hacer escala en Las Vegas, y allí aterrizó para siempre en este paño de 36 números estacionados de su pista de ruleta, como un sabio loco. 100 mesas de ruleta (rusa) y esta bola que le da vueltas en el tambor de su "método redondo"; en su sien agujereada. El viejo me lo repitió durante otros 35 años. Vas a terminar enterrándolo.

En resumen, pues, tengo un total gradual de 203,45° por semana que, puestos en su medida ideal, representan los 2 frascos de litro de alcohol puro de hospital que cualquiera de mis 2 manos repone, todos los lunes, en el botiquín de primeros auxilios de su "toilette"

* * *

El nombre de aquel galeón es un nombre sueco muy largo. Y muy difícil de retener para un niño que está aprendiendo "lectoescritura". Él sube uno a uno los peldaños de mi escalerilla, y por primera vez en su vida llega a bordo de este barco. Hay que ver ahora su mirada de incrédulo cuando le convido —oh dioses del cielo— con una botellín de champán.

¡El primer champán del mundo!: aquel biberón sin corcho que sigue instalado en su boca desde hace tantos siglos, y el sabor del pecado de ese manzano que ya ningún barman mezclador podrá imitar, jamás.

* * *

En fin, ondas del mar, te llevan y te traen, Madrís, Marruecos, Marsella, Málaga, Ma ma Ma, como el eco perdido de un nudo de soga de angustia en la garganta. Mi Muchacho iba, creo, hacia el norte, a cubrir cualquier otro destino, y de pronto 2 pescadores vecinos le desembarcan a la fuerza, sólo porque le volvió su terrible jaqueca. Escucho que me dice: adiós, gracias, nos vemos, y con el maletín diplomático cruza a cuestas toda esa playa artificial, hasta dar con el lado trasero de mi cobertizo.

El maletín es este neceser lleno de sus objetos y/o efectos personales: todos los elementos de aquel chico sacados a combinar durante 35 años por el ancho mundo, cuando mi voluntad de poder padre así lo exigía. Ahora tiene derecho a descansar: ya cumplió a todos, hasta empezar un camino.

Cruza, pues, este trecho de playa de mal agüero, y tropieza con un bote oxidado. Hace tanto y tanto alguien lo dejó abandonado, y ahora espera los domingos de turno, cuando los hijos del vecino de la barracuda y le dejan y les dejan sus inscripciones en tiza o ladrillo. Gráficos Somos la rabia

Sólo una vez —hace siglos— había llegado a casa por el mar, así que el seguro se atascó y apenas puede zafar de un buen trancazo.

No sé qué va a encontrar adentro. Tal vez este viejo bebé inmóvil que lo mira a través del vidrio; tal vez un piquete de marines que están violando el "secreto" de papá. Tal vez todo esté tan congelado como lo está ahora el sueño de aquel niño encerrado en su cuna hermética. Sólo sé que todo lo mío le es ajeno. Simplemente viene con sus instrumentos para asentarse definitivamente en Argentina; viene a casarse y a construir, uno por uno, a todos los suyos: un "familión".

Ilustración: figura humana esquemática con símbolos matemáticos

* * *

Todo esto para decir, en resumen, que un hombre no es el total de sus apuestas ni el mero azar, sino el desplazamiento de un bebémuy viejo que corre por la banda negra de su sueño, y que ya dejando aquí y allá lagunas, huecos, descuidos. Ese es el verdadero modelo de un hombre ordenado. Pero para cumplirlo hay que permitir que otros llenen esos huecos; que completen Su Cifra.

Desde mi apostadero, todos los años he seguido practicando ruleta en este paño de pruebas y de lágrimas para ver, dónde, dónde estuvo, pobrecito, el "error" de mi hijo. Ese es el problema de querer sacar un varón puro y perfecto: siempre algo se escapa; si no se escapa todo el hijo, completo.

Veamos. Me canso recorriendo su mapa. Camino como un voyeur por calles ajenas y llego al cruce muerto del cuadro de apenas a 7 veces mi postura. Espero muchas noches para zambullirme completo en "el pozo de oro del pleno de mi vida", 8-9-8-11-8-8-9-11-8-11, que siempre se da ¡una sola vez! cada doscientos tiros. Pero en ese momento sagrado tal vez yo me estoy asoleando como un tonto en las playas de Hawaii, con amigos del consulado argentino. Lo escucho al viejo: todo lo que te mereces, Muchacho, es una bella "boisserie" alrededor de tu cuerpo de hijo de p...

Ahora estiro distraídamente mis piernas y voy apostando otra vez entre calles, cuadros y semiplenos. Y otra vez, cuando se da su combinación de oro, yo estoy asoleándome como un tonto allá por la 3ª docena: no sé qué hacía tan lejos de él. En ese momento, me escucho en su eco: ayúdame, papá. Ay Dios, siempre termino cayéndome angustiado y como abrazado a columnas, 1ª, a veces 3ª columna, que sólo dan 2 veces mi postura. Y finalmente arrinconado como un avaro contra 4ª línea, que da 5 fichas por 1 para mantenerse intacto en la pobreza.

Y por último, proyectado por esa misma línea de mi destino, me veo saliendo con mi chofer a toda velocidad por "El paseo internacional" rumbo a Las Vegas, para rescatar los restos que queden de él en mí (si hay tiempo). Y entonces, siempre y siempre escucho al croupier que me vuelve a decir: Lo lamento, señor. Último pase. Última bola.

* * *

A ver cómo entender esto. Yo estoy a mitad del camino de mi vida: tengo 35 años y ando dele que deletreando de un país a otro, en pos de "él". Papá está tan deteriorado que volvió a convertirse en el gusano arrugado que fue, de feto. Y Ezio, Ezio querido sigue por control remoto mis pasos, recorriendo despacio con el dedo ese hilo de palabras grabado en cada cual de los tantos frascos de perfume que le vacié sobre su mapa de navegación (?).

Ilustración: mapa dibujado a mano con las ciudades

El sí está en plena "lectoescritura". Otra vez se parece al chico de 6 años que fuiste vos.

En eso estamos todos, cuando llegan 2 lanchones que dicen Policía Marítima. Vienen a violar nuestro "secreto" familiar. Entonces Abuelo salta por el ventanuco trasero de este cobertizo llevándose sus mapas, retortas y matraces. En fin, cada Don Juan con su Dama Juana y cada destilador con su alambique.

Vos ya no podés ni moverte, así que Abuelo deja que te vacíes del todo en uno cualquiera de los muchos frascos, como camuflado y durmiendo tu largo sueño adentro de ese moisés de vidrio lacrado. Tan perdido allí que por suerte ellos no te descubren.

Ahora todo pasó, y eso fue hace mucho, mucho tiempo. Yo vuelvo de París y doy con el lado trasero de este cobertizo. No sé qué voy a encontrar adentro: tal vez el chico crecido que ya es todo un hombre y que me mira a través de un vidrio, como me estás mirando vos desde hace 35 años:

—Hola, papá. Dichosos los ojos.

* * *

En cuanto al chico de aquel "entonces", bien: él ya terminó de comer y ahora estira un poco sus piernas por este caserón. Recorre en silencio escritorios y cajones donde hay manuscritos y papeles ilegibles, con tales y tales garabatos, tachas y dibujos como pude permitírselo durante tantos años. Alza sellos gastados y los aplica distraído sobre almohadillas de tinta, ¡para leer todo de revés lo único que es mío! Después aplasta su nariz contra vitrinas que contienen magníficas vajillas y porcelanas, estanterías con escudos de armas y condecoraciones; pergaminos monárquicos; y toca estas mariposas disecadas y estos reptiles de colección que alguien trajo algún día de algún lugar muy lejano.

De pronto llega al "cuarto prohibido" (apenas una puerta clausurada) y en ese momento escucha otra vez al abuelo, que lo sienta en sus rodillas y le vuelve a decir, con voz de ultratumba: mire, Muchacho, jamás entre allí, porque hay un caballo grandote que se lo quiere comer. Entonces él tienta otra vez el picaporte, buscándose en el terror de aquel bebé sofocado bajo un vientre enorme y caliente: un Caballo embarazado boca abajo en medio del cuarto.

En otro de los corredores encuentra el marco vacío de mi herencia: un diploma colgado desde hace años, lleno de huecos por donde ha de ir el proyecto de familia grande del abuelo: PORQUE DON NACIDO EL HA TERMINADO LOS ESTUDIOS DE , etc. Y entre cuadros y muy antiguos, con gente de tremenda barba y cascos en su cabeza (conquistadores o próceres que va a saber de qué países), un rostro conocido lo mira con los mismos ojos congelados: este aire frío de familia del sur. Afuera llueve y hay viento sobre mi playita.

* * *

En fin, en cuanto a eso de que él es "embajador", habrá que decir cualquier otra cosa: Embajador. Militante o Espía. Y el neceser es este estuche de madera que guarda en un estante en su Sala de Armas: un revólver de ruleta rusa con tambor de 6 balas (pero falta 1) y mi viejo colchón mojado de miedo. Escucho que me dice: el verdadero militante siempre esconde su cara, para que el enemigo no lo "fiche".

Ahora estamos en el restaurante del hotel del paddock de este Hipódromo, en el que buen Ezio nos ha dejado todos sus dividendos: ganó por un cuerpo (el suyo). Acabamos de festejar el triunfo de llave 3ª-5ª-9ª, y él me lo repite en voz baja, mirando a todos lados como un perseguido: escribí esa crónica familiar. ¡Pero que nadie cacarée allí de política!, porque por sus labios bobos y abiertos puede salir como chorrro la información que nos aniquile y nos mate a todos.

Ilustración: botella Burg Sparrenberg

Todos, sí, para decir que, sea en el azar de ese hotel de lujo, en el "Angry Squire" de Nueva York o en cualquier bodega del Puerto de Palos, cada cual sigue recibiendo órdenes de no se sabe dónde, y cada quien calla al otro con lo primero que tiene a mano: sobre todo con el pico de un buen botellón.

Alzamos el vaso: nos brindamos el favor de despedirnos por última vez y allí mismo le quedo a mano con un apretón. ¡Hasta más no vernos, papá!

* * *

Ay Dios, una familia, una gran familia. Una gran familia es un gran ejército de robots que reciben mandatos de no se sabe dónde. ¡Y que los trasladan a mí no se sabe quién!

Calculo que 4.380 veces él me cambió del líquido y pañales hasta que tuve 3 años. Y qué decir de los almuerzos que me preparó: unos 14.200 potajes hasta que tuve 20 años y pude hacer pis pie en el ancho mundo. Ni sé durante cuántos años me iba a llevar al carrousel; cuánto jugó conmigo en este refugio, a "armar el palacio propio" con dados y cubos de madera. Tampoco sé el número de veces que nos llevamos y nos trajimos del colegio: por lo menos 3.000 días juntos por este "Paseo" (ahora lo veo otra vez, yendo y viniendo con mi frasco metido en el bolsillo). Me dice: todo esto es para que estudies y le des gusto al abuelo. Y cuántos biberones de ron me dio, para dormirme de un buen trancazo, cuando lo llamaban urgente a sus "festejos" en casa del Embajador (?). No sé qué me está permitido decir, pero hace 35 años que callo su secreto y me cierro el pico con ayuda de una buena botella. Todavía lo escucho: vos, nene, no andés cacareando en público sus secretos de papá.

Y ni que hablar de mi "lectoescritura". En este cajón de madera me veo asaltando sus papeles, cada vez que sale por un rato que ya dura 35 años. Los rayo y los cruzo con toda clase de barrotes. Pobre, los dejo que nadie sabrá lo que pico en ellos. Y él, o ya no tiene fuerzas o simplemente me deja hacer, como si estuviera diciendo, ¡éste sí es el verdadero relato familiar: con todos los papeles cambiados! El chico tecleando cualquier garabato; el viejo permitiéndole marcas donde no se debe; un énfasis desplazado; palabra sobre palabra, a Caballo. Así me acostumbré a escribir sobre él: como hijo que sabe respetar a papá.

En aquel bar, él me sigue instruyendo: escribí nuestro relato. Pero jamás te vayas a enredar con artículo o adjetivo femenino: nada sustantivo que signifique mujer. Vos naciste de varón puro y tendrás que escribir a puro lenguazo macho.

Tampoco me disculparé de estos capítulos revueltos o estos dibujos estúpidos pegados por todos lados. Caiga quien caiga, en fin, donde caiga ese bebé. No me arrepiento de que él haya empezado a escribir por mí, ni de que lo siga haciendo, hoy, todavía, desde aquel entonces; lejano.

* * *

¿Por qué ese pirata viene a los tumbos, navegando hacia mí desde hace tantos siglos?

Me llevó cada uno de los días de todo el tiempo darle vueltas al enigma. Lo escucho otra vez que da un vahído. Tú eres ese engendro: el que es al mismo tiempo hijo de su abuelo y padre de su nieto.

Y mientras pienso eso sigo controlado, y mis pasos de reverso por "El paseo internacional" llegan cada vez más cautelosos hasta el viejo que ahí me espera, cantando indiferente su tango, como si descerrajara refranes: Hordas de lanchones sin amarras al soltar / Torvo fondeadero de los barcos que al morir, etc.

Nadie podría imaginar con qué dificultad me acerco a él. Quiero llegar para festejarle mi regreso a casa: El Regreso del Embajador que no Fui (a ningún lado). Por su escalerilla decrépita subo cada uno de mis peldaños: desde los 4.896° de ayer hasta los 16.368° de ingestión anual. 35 años después. Ese número que, dividido por 48, ya da los 3 y ½ litros de alcohol puro semanales que llego por fin a su reposera de convaleciente. Ahora sí: un hospital completo de 3/4 frasco de dosis diaria con riguroso control médico. En este momento sagrado, el enfermero me aparta con gestos de silencio: Ezio come: el viejo Caballo come.

En efecto. Baleani está sentado a su mesa y parece un ángel en medio de los escombros. Come de un plato de porcelana china; usa cubiertos de plata y servilleta de lino y seda. Todo él es un gentilhombre bien aprendido, bien adiestrado: columna vertebral recta, sin descansar en el respaldo; cuchara en su punto de equilibrio; leve inclinación hacia adelante cuando alza el tenedor que sólo pica 1 (un) elemento por vez: legumbres, arroz, carne.

Me quedo mudo contemplándolo y creo que él también en mi contemplación, y así sobreimpresos nos quedamos mudos, los 2.

* * *

Ahora es de noche y escucho todo por afuera, en este ambiente de pesebre, gruñidos de perro sobre los muelles. Y veo más allá, a través del vidrio, los altos alambiques del complejo hidroeléctrico. Y el mar, un mar impresionante que da tristeza. Y además suaves movimientos de superficie, olor de sentina de barco y el latido de un síncope en este pequeño cuerpo (¿ya dije que soy etrusco?). Allá lejos son monumentales esos aparatos metálicos que destilan humo cada 3 minutos. Se asoman imponentes y erguidos sobre unos tamariscos que separan el sector industrial de este pobre playón abandonado, que es todo mi paisaje: mi resaca de todos los días.

Eso afuera y a izquierda, respectivamente.

Adentro hay unas manchas de humedad que hacen máscara sobre estas paredes. Y, en el sillón, los harapos cotidianos que hoy ya no podré usar: gabán de piel lleno de grietas, asentaderas de pantalón de cuero gastado, los cascos relucientes, mi necesor y un par de borceguíes negros completamente ajados de tanto ir y venir de todos lados al mismo tiempo.

Y sobre este piso de aserrín y virutas, el mesón desvencijado donde he practicado durante 35 años este juego de ruleta rusa del relato de todos los míos.

Mientras tanto, el círculo de la luna está sobre el charco de petróleo: ay, ¿Dios, redondo y congelado en medio del mar. ¿A qué sureño no se le parte un poco el alma, viendo ese espectáculo muerto con su par de vidrios redondos y congelados? 2 gemelos.

Más allá hay 4 barcos extranjeros, llenos de marineros que vienen a descargar sus cosas íntimas en este puerto de mierda. Un vaciadero internacional: un vacío interno anal, o yo qué sé; el de aquel puto viajero que un día tuvo que dar con este agujero en el culo del mundo.

* * *

En este pequeño vientre de vidrio sagrado, en este vaso estaba, tranquilo. Cuando de pronto de un trago al otro, y a la distancia que va de 18° a 36°, me ataca el furor de cambiarlo todo. Desplazo entonces el catre sucio de un ángulo a su "nadir" del cuarto, y revuelvo y tacho mis papeles, como desde hace XXXV años. Digo Las Vegas pero ahí mismo pienso Baden-Baden, donde sí apostaré alguna vez con fichas ¡de oro!

Y jamás podría salir en auto con mi chofer por este "Paseo": en mi belle époque sólo usábamos carruajes floridos o bicicletas con canasto. Así que alquilo un carro antiguo, y sacudido en el 1-2-4 de este caballo fúnebre llevo a mi nieto a cuestas por "El paseo internacional": le doy otra vuelta de carrousel.

Tampoco sé por qué insisto en lo de un bote encallado aquí cerca, cuando se trata de uno de esos elegantes yates que usaba papá para tener sus "fiestas" en privado (?) y esos 4 pueblos lejanos, París-Londres-New York-Buenos Aires, pueden ser cambiados, fácilmente, por otros 4, y esos 4 por otros 5 o 6 al azar: jamás los conocerá, hasta que no dé de pleno con ninguno de ellos.

Y cuando hablo de alcohol, deberá entenderse que no somos un piquete de bucaneros perdidos, que andan derivando por el mar adentro de un botellón. Al contrario: el único licor que hemos compartido es el de la sangre común de toda nuestra familia, que nos nutre.

En fin, y todo así. No es un pobre bote de pescadores el que acaba de desembarcar hace un rato. Se trata de un enorme galeón sueco, ¿cómo se llamaba?, que en 1526 1926 trae a un inmigrante de Italia con su neceser y todos sus bártulos, porque viene a prolongar su vida, a construir, uno por uno, a todos los suyos: un "familión", la familia de este milenario (¿dónde leí esto?). Y qué pensar de este cobertizo de madera: ¿no será el palacio más fabuloso que un hijo podría heredar de su padre?

En cuanto al sueño de anoche, ese Enigma que tanto me preocupa. Para resolverlo rápido, sustituyo así: hijo por abuelo y padre por hijo. Y mientras reemplazo el vaso de whisky por un buen litro de borgoñón, no sé por qué causa me cambio los pantalones.

Ilustración: juego de palabras

* * *

Todo para decir que vivir, simplemente vivir, es el colmo de la generosidad y el derroche. Me ha llevado mucho tiempo presenciar de punta a punto final mi película, pero yo sigo aferrado a este solo fotograma: ahí salgo de Ingeniero White y voy rumbo a La Loma. La Loma es el cementerio, montado como corona de ese casquete hueco de mi ciudad. Voy muy despacio, agitado por el suave balanceo de una cuna de bebé que ahora estará fondeada. El paño de lágrimas de mi familia seguramente lo bordarán los otros. El camino es tan maldito "Paseo": está hecho de todos y cada uno de mis viajes, por donde seguirán huella los otros, y tiene curvas a izquierda y a derecha que lo hacen interminable, por suerte. Todo alrededor es mar, y no veo el destino por ningún lado. ¿Bürre/%"n(spER?

Al coche fúnebre lo mueven 4 corceles llenos de betún negro, que ahora estarán muertos, y su defensa trasera prolonga por un hilo el polvo de artritis que ya arrastra en su trote a nuestro abuelo. El pobre abuelo que no puede alcanzar su cuerda al cuello y jadea unos pasos por detrás. ¿Aquel caballo a cuerda de un chico de 70 años? Y aunque tampoco aparezca por ningún lado nadie de mi familia, ya adivino el cortejo que sale del último recodo y se enfrenta valeroso al muro blanco.

Desde mi apostadero, no soy quién para decir si son ellos esta pareja que ca, ¡otra vez jaqueca!, esta única pareja que puede calmar un poco: mi malestar y jaqueca. Si son ellos 2 los que me muestran el camino, tendidos en su cama matrimonial de madera. O si por el pasadizo de ese féretro viaja hacia el hoy un niño que atesora entre los dedos el fotograma de su vida. O bien si —70 años después— soy yo el que guía esta marcha y se detiene frente al camposanto, frente a ese triste campo sembrado de tumbas. Yo el que, cuesta abajo en mi rodada de tierra, se despide por fin haciendo un guiño con este ojo inyectado del color del mismo rojo de sangre de todos los suyos queridos.

* * *

Ay Dios, un palacio. Un Gran Palacio. Un gran palacio se parece a aquel cobertizo de madera que alguien me construyó. Lo guardo todavía entre mis juguetes y a veces me paseo por sus salones. Mide apenas 2 metros cuadrados, pero está lleno de rampas, corredores y pasadizos. Me imagino la cara de orgullo de aquel chico, cada vez que vienen los hijos del vecino en barracuda, y de pronto se quedan mudos: admirándolo.

Entonces, otra vez como antaño, el chico se asoma por el ventanal de vidrio y los mira, fijo, con sus ojos traslúcidos y sin consistencia. Y ellos otra vez huyen despavoridos, hacia cualquier lado: exactamente como él se sigue de mí, huyéndome.

* * *

Así también, así, en el silabeo distraído de su tango ese viejo me ve llegar desde tan lejos, multiplicado por sus años y dividido por cierta disminución natural en mi capacidad de andar. Sus manos de ceniza tiemblan un poco cuando alza el vaso de bienvenida. Está muy débil. El cuerpo encorvado parece como de un ave que está por levantar vuelo, y su trino tanguero se altera de inmediato cuando me saluda, con este canto que llevo en mis oídos desde hace 15 veces 30 años:

—Hola, Muchacho, tanto tiempo. Dichosos los ojos.

Es Baleani, el buen Ezio Baleani Arquitecto de mi Vida, que me mira un poco inyectado. Tiene el mismo pelo enredado de entonces, y el gabán de piel lleno de grasa. Todo un fijodalgo etrusco algo "achispado". Con su clásico gesto alza el índice, y de pronto yo me veo colgado en aquel viejo relojero, alzando el índice para ordenarle a mi hijo: estudiá y hacé feliz a tu abuelo. Pero lo que él hace es un ademán de complicidad a su enfermero, pidiéndole que descorra el cortinado sucia, para verme mejor.

—Gracias, gracias por la reprobación —escucho que me dice.

A pesar de su reprobación, el enfermero (no soy quién para nombrarlo), que abre el ventanal, y por allí no entra un borbotón de olores podridos. Entonces todos nos ponemos a mirar ese paisaje en miniatura, con ojos de niños. Ahí estamos enfrentados al océano Atlántico: África y Europa del otro lado. Ahí, en pose de haber llegado, por fin, como llegaron los nuestros, mirando el hilo delgado del horizonte como si fuera el cordón roto del ombligo (¿ya dije que nuestro origen es etrusco?).

El viejo me pide otra vez el Diploma, para verlo y admirarlo, y por un extremo de ese tubo de cartón vuelve a espiar el horizonte como ajustando un catalejo. ¡Ah, bucanero, cuántos mares! Escucho que me dice: ¿pero cómo, cómo era el nombre de aquel perfume?

Afuera llueve; hay restos marinos de algas y esqueletos de pescado, un Bote Grande que alguien abandonó hace siglos, y muchísimas botellitas tiradas en derredor: como si fueran sus hijos. Aquí nada cambió, y yo me siento solo desde el primer día. No sé por qué seguiré aferrado a este cajón, yo, ¡triste de mí!, que pude haber habitado tantísimos palacios. En fin, anduve mucho por estar en el mismo agujero, pero qué importa: siempre hay un regalo en el camino, y hoy es dulce el encuentro de dos viejos queridos.

Me bebo el vaso de dolor hasta el final, y brindo para mis adentros:

—Salud, Baleani. Salud, Ezio. In vino et in vitro veritas!

Y lo veo hundir su cuerpo en aquel viejo colchón mojado de mi niñez.

Buenos Aires, 1986.

Referencia:

"Con el cuento El paseo internacional del perverso, el bahiense Héctor Libertella compartió con el colombiano Juan Carlos Botero el premio "Juan Rulfo", instituido en París por el Centro Cultural de México en esa capital y Radio France Internationale, celebrado en su tercera edición. Un jurado integrado por Jorge Enrique Adoum (Ecuador), Fernando del Paso (México), J.M. Caballero Bonal (España), Augusto Roa Bastos (Paraguay) y Claude Fell (Francia), decidió el fallo tras el análisis de los 2472 trabajos participantes. Cabe recordar que el pasado año otro argentino, Daniel Moyano, se adjudicó el galardón, consistente en 30 mil francos franceses."

De Revista Crisis N°49, Argentina, diciembre de 1986

Una vida sin alcohol ni drogas es más sana para ti, tu familia y la sociedad